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Si prefiere, puede escuchar el contenido de este mensaje usando la barra de abajo. Sin embargo, recomiendo la lectura pues puede tener detalles que no aparecen en el audio:

Bendigo el nombre que es sobre todo nombre ante el cual se doblará toda rodilla en el cielo, la tierra y debajo de la tierra. Amén.

Brevemente quisiera hablar sobre mi vida de iglesia. Yo soy nieta de un pastor evangélico y por esta razón mi vida, desde que tengo uso de razón, ocurrió dentro y alrededor de una comunidad de fe. Todos los domingos ibamos a la iglesia y no hubo drama de Navidad en el que yo no participara. Me recuerdo vestida de ovejita, pastorcita, ángel, cantando en el coro de niños, luego el de jóvenes, luego el de adultos, a los 13 años ayudando con la iglesia de la niñez, en campamentos de verano, viajes misioneros, sociedades de jóvenes, retiros, seminarios para líderes, decorando salones para actividades, presidiendo grupos de todo tipo, haciendo visitas, etc. En mi adolescencia recuerdo un tiempo en que iba a la iglesia 6 días de la semana, y lo mas grande era que me encantaba.

Soy una persona muy activa y encontrar algo que hacer en la iglesia siempre me gustó. Creo que gracias a las interacciones que pude tener desde niña en la iglesia, desarrollé destrezas importantes de liderazgo y la capacidad de trabjar con grupos de personas de distintas edades.

Estudié en una escuela de la denominación a la que pertenecía y allí se reafirmaban los valores que promovía mi denominación. Todo iba bastante bien excepto que muy dentro de mí, despues de cierta edad, puede que hasta antes de mi preadolescencia (digamos 8 años), siempre tenía la siguiente pregunta: ¿estaremos nosotros en la verdad?

Mi acercamiento a la cruz de Jesús para salvación fue genuino. Al menos con lo poco que sabía del tema. Yo quería ser salva por Cristo y me sentía vacía. En esa etapa no era tanto relacionado al tema del pecado, sino a un sentimiento muy molestos en mi interior. Era una niña de cerca de 11 años y le pedí a Jesús que entrara a mi vida cuando ofrecieron ir al altar para oración. La razón, estaba vacía. Fui muy sincera, pero recuerdo que una maestra de la escuela que me escuchó decir el porqué quería oración por salvación, dado que estábamos en un retiro de la escuela, me dijo: ¿Vacía por qué? Sólo tienes 11 años. Yo misma no sabía explicarle y todo quedó ahí. Ahora veo que ella misma no entendía lo que estaban haciendo en el retiro. Pero sin explicaciones, yo sabía lo que le dije a Dios. Yo quería que llenara ese vacío. Aunque no sentí nada (que es lo que más se promueve en los escenarios evangélicos, el “sentir”, el “experimentar” etc) yo al menos sabía lo que pedí y que fue de corazón.

En la iglesia nunca se enfatizó la lectura y estudio de la Palabra. Por ninguno de los pastores que tuve. Todos ellos muy buenas personas en general. Y antes de que alguien piense que esto fue un caso aislado de una iglesia evangélica en particular, debo decir que esta era y sigue siendo la norma. La mayoría de las iglesias evangélicas se escandalizarían y saldrían a la defensiva si escucharan esto. La iglesia se piensa muy abundante en la Palabra cuando esto no es así y la evidencia la tenemos frente a nuestras narices a diario. Hay mucha mención de la Palabra, muchos libros de estudio, muchos manuales y los altamente atesorados expositores… sin embargo, bien poco estudio de la Palabra. Casi inexistente. Yo pertenecía a una denominación grande con muchas iglesias que compartían unas con otras y presentaban diversos estilos. Yo visitaba varias constantemente por la naturaleza de mi vida como miembro de la denominación. Si puedo mencionar un común denominador, este sería, la escasez de la Palabra. De hecho, si separamos en una tabla circular tipo “pie” cualquier culto típico de 1 hora y media, la Palabra no ocupa ni el 25 % de ese espacio. Leer la Palabra no es lo mismo que estudiarla. Escuchar testimonios, opiniones o consejos alrededor de versos bíblicos, no es estudio de la Palabra. Muchas veces hay mas cánticos y anuncios que espacio para profundizar en las escrituras.

Viéndolo ahora, es increíble (y debiera ser vergonzoso para cualquier denominación organizada bajo el nombre cristiana) que en 12 años una niña que no sale de la iglesia y que le gusta ir y se ha expuesto a tantos pastores y maestros por tantos días y horas, tenga tan poco conocimiento de las escrituras. Más aun una niña que asiste a una escuela cristiana y que toma una clase de Educación Cristiana por una hora al día de lunes a viernes como parte de su currículo. ¿Cómo es que yo aprendí a multiplicar a dividir, de la historia de mi país, a escribir ensayos; aprendí tanto de tantas cosas de forma tan adecuada, rigurosa y con tanto exito y de la Palabra de Dios durante el mismo periodo de 12 años… tan y tan poquito? Es impresionante también que por otro lado, sí hubiera adquirido tanta informacion de los modos, costumbres, gustos, y prácticas de mi denominacion. Que ya a los 12 años yo pudiera navegar tan bien en la vida religiosa, mas no dominara ni someramente los rudimentos y fundamentos de la Palabra de Dios.

En mi juventud Dios me cuidó mucho. ¡Él es tan paciente! Yo tenía temor de Él y en el ambiente en que estaba nadie me señalaba nada que corregir. Esto a pesar de que dentro de mi había muchas cosas que corregir, que por falta de conocimiento de lo que agrada y no agrada a Dios segun SU PALABRA (no las opiniones de las personas que me veian) yo desconocía. Me portaba relativamente bien y para todos era una chica muy buena. Sin embargo, siempre sentía que tenía que haber algo más. Algo más completo, y sabía que era de mi lado en donde la cosa estaba fallando, pero no tenía idea de qué era y qué debía hacer. No podía identificar la situación. Ahora entiendo que era la falta de la Palabra de Dios en mí. La falta de una relación con Dios en donde el único intermediario es Cristo y no una religión.

Dios nunca dejó de mostrarse en milagros, salvóndome de ataques del enemigo, concediéndome peticiones como por ejemplo el salvar la vida de mis hijos. Ir a la iglesia era algo que hacía y si no lo hacía por una u otra razón, no faltaba alguien que rápido pusiera la presión necesaria para que fuera. Gente que uno ama mucho porque son familia, son amigos. Con sólo una preguntita o comentario: “no te vi el domingo” O un “te necesito para que hagas esto o aquello”. Esto es muy cómico, porque aun ahora, luego de Dios completar su obra en mí respecto al asunto, cada vez que las personas me dicen cosas así, me hago pequeñita y por un instante siento el peso de esos ojos que velan si “fui o no fui a la iglesia”. Una vez entendí el error de esta dinámica, cuando me preocupo por la vida espiritual de una persona, nunca le pregunto si “está yendo a la iglesia” o a qué “iglesia va”. Le pregunto: ¿Cómo está tu relación con Dios? O, ¿Tienes una relación con Dios? Esa ES la pregunta correcta porque ese es el termómetro que mide nuestro estado espiritual. Sin embargo, hasta hoy no me he topado con nadie que queriendo “medir” mi estado espiritual me pregunte eso. Siempre preguntan ¿a qué iglesia vas? Como si eso pudiera abrirles los ojos a mi estado espiritual. Es un serio error que muestra en dónde está la fidelidad de muchos creyentes: en la adhesión a su religiosidad. Ahora viéndolo desde la revelación que me ha dado el Señor, operaba en mí mucho el cumplir con lo que se me había enseñado pues yo igualaba ese cumplimiento con estar bien con Dios que es lo que se supone que todos los cristianos queremos, ¿verdad?

En todos esos años puedo recordar sólo unos cuantos pocos predicadores llenos del Señor. Tan pocos que me espanta. Los demás, muchos muy conocedores, versados y talentosos, así como otros sumamente mediocres. Todos los que no estaban llenos del Señor (los talentosos y mediocres), gente sin trascendencia alguna en mi crecimiento espiritual aunque sí aportaban mucho a mi crecimiento religioso. Sin embargo, esto sólo lo veo ahora. En ese momento era lo que la iglesia ofrecía y yo era parte de ella. Estaba 100% satisfecha con haber conocido gente tan buena, en general bien intencionada, agradable y hasta admirable… y muy insatisfecha con no poder encontrar la llenura a ese vacío en el que de hecho viven muchísimos creyentes en silencio. Todo esto mientras era parte de una congregación y de una iglesia. Y lo peor es que no era algo que pudiera entender y explicar como lo hago ahora. Era un estado de desasosiego, de decepción que no hubiera podido expresar o explicar pero que definitivamente me acompañaba. Miraba a las personas de la iglesia que se veían satisfechas o completas (que a mis ojos eran prácticamente todas) y no entendía qué era lo que yo estaba haciendo mal… porque definitivamente yo no me sentía como ellos se veían. Ahora sé que muchas de esas personas fingían o jugaban el papel del religioso, pero con grandes vacíos también. Es la práctica más común. La vida de iglesia es muy “fake” (artificial). Aunque muchas veces con supuestas buenas intenciones, es en realidad muy fingida. A los que estamos ahí por mucho tiempo nos cuesta verlo, o si lo vemos, nos cuesta aceptarlo, pero así es.

No fue hasta que tuve un encuentro cara a cara con satanás mucho tiempo después que se disiparon mis dudas y supe que mi vida pendía de un hilo que se llamaba una relacion verdadera con Dios. Una relación que ya a ese punto de mi adultez yo había relegado a la visita semanal al templo a sentarme a participar de lo que hubiera y a ayudar en lo que pudiera. Luego de ese espantoso encuentro aprendí que uno es muy fuerte mientras Dios tiene su mano cobertora sobre uno, pero una vez se remueve esa cobertura (que aunque fue horrible agradezco a Dios por ello porque abrió mis ojos), uno ve quién está al otro lado listo para devorar. Entonces mis fuerzas fueron inútiles y mi religión y miles de viistas al templo no me valieron de nada. Fue literalmente leer la Palabra de Dios en voz alta lo que hizo que satanás se fuera y yo entendí que esto de la vida espiritual no era un juego.

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