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Dios les bendiga. Esta es la segunda parte del testimonio de cómo Dios me llamó y preparó para este trabajo. Por favor acceda al mensaje llamado Mi testimonio: Mi vida de iglesia para escuchar la primera parte. Además, si desea, puede registrarse para seguir el blog y recibir alertas cuando publique contenido nuevo. No olvide por favor, llevar todo lo que usted recibe a la presencia del Señor para que sea su Espíritu Santo el que le guíe a toda verdad. Especialmente si usted ha sido miembro de cualquier denominación por algún periodo considerable de tiempo. Si el Señor no abre sus ojos a Su mensaje, usted luchará mucho con lo que lea aquí porque en algún punto se va a sentir señalado, y la reacción natural de una persona a esa sensación es defenderse y agarrarse a lo que conoce. Sin embargo, un buen ejercicio de nuestra fe es practicar la vulnerabilidad frente al Señor quien quiere lo mejor para nosotros, lo que muchas veces implica el remover lo que no es suyo de nosotros.
Continúo con el relato de mi testimonio. A partir de ese encuentro con satanás, yo comencé a orar. O sea, a fomentar una vida de oración. Yo había dejado de hablar con Dios. Hacía unos meses habían muerto dos de mis bebés trillizos por los cuales había orado tanto y yo había decidido que orar no valía de nada porque Dios iba a hacer lo que quisiera, independientemente de lo que yo le dijera. Esa actitud arrogante (por la cual me arrepentí con muchas lágrimas) existió hasta que satanás se presentó en mi casa para matar a mi bebé y sólo por la Palabra de Dios que leí en su cuarto y oré clamando por el nombre de Jesús, fue que él se fue y mi bebé no murió.
Todo cambió ese día y no para mal, porque a mis ojos se abrió un poder que yo no conocía. Un poder que yo sé que anteriormente había operado en mi vida por misericordia, pero por primera vez tuve que hacer uso de herramientas que no había usado … y funcionaron. La palabra de Dios. La oración. Y la fe.
De ahí en adelante comencé a buscar del Señor digamos que tímidamente. Todavía no sabía bien qué hacer o cómo o qué estaba haciendo, pero yo empecé a buscar en serio al Señor. Fue un proceso largo de aciertos y desaciertos. Leí libros, testimonios, buscaba escuchar a pilares de la fe en grabaciones y fui creciendo, todo esto paralelo a mi usual vida religiosa porque mi vida denominacional era lo que conocía y me había dado identidad de cristiana. Rápido me di cuenta de que una cosa no mezclaba con la otra. La vida denominacional y religiosa tiene unos filtros demasiado extensos, fijos, y restrictivos para el mover del Espíritu que yo estaba experimentando. Para esta conversación tan genuina, real, práctica e informal (no religiosa) con Dios.
Los ataques del enemigo a este crecimiento fueron feroces. Siempre usé las mismas tácticas, la Palabra y la oración, y me seguían funcionando. Aprendí a orar por mis hijos mientras ellos dormían porque muchos ataques iban dirigidos a ellos y yo me quedaba boquiabierta de lo feroces que eran. Me arrodillaba a orar por ellos junto a sus camas. los ungía, les leía Palabra. Satanás no tiene ninguna piedad por los niños, al contrario. No va a esperar a que un niño sea joven para atacarlo y un niño sin cobertura de oración por sus padres y los adultos de su familia es un blanco perfecto. Dios siempre respondía. Aprendí a reprender al enemigo y a llamar ayuda del cielo para contrarrestar los ataques. Me dediqué también a estudiar la palabra de Dios diariamente con mis hijos para que ellos la aprendieran, la temieran, la siguieran y amaran a Dios según su Palabra. Quería que ellos fueran amigos de Dios y que pudieran conocer cuando alguien les hablara mentiras sobre la Biblia o sobre Él. A juzgar por mi experiencia, sabía que sólo con nuestra vida de iglesia ellos no iban a aprender nada de la Biblia y menos conocer al Dios de la Biblia. Fue por eso que le pedí a Dios su ayuda TODOS LOS DIAS y me dediqué a eso.
No fue hasta 8 años despúes que decidí finalmente ir a todas con Dios. Le dije, “Bueno. Vamos en serio”. Ya Él era real para mí, ya me hablaba por su Palabra y por su Espíritu, pero yo no había nacido de nuevo. ¿Será esto posible? Oh, SI que lo es. Hay personas que llevan décadas en iglesias, sirviendo, creciendo etc. y NO han nacido de nuevo. Gente a quienes Dios les habla y se aceerca a ellos y ellos NO han nacido de nuevo. Solamente cuando alguien puede identificar un punto en su vida de un ANTES y un DESPUÉS, a raiz de una entrega total, puede decir que ha nacido de nuevo y créame que uno lo sabe. Y quien no ha nacido de nuevo NO ENTRA AL CIELO. Y este es un proceso que (igual que un parto) puede ser más corto o más largo, pero es un proceso con pasos a seguir que comienzan con la decisión de morir al pecado, a uno mismo y pedir vida a través de la sangre de Jesús. Si hay ataduras de pecado, traumas etc, hay que pedir liberación de esas ataduras además de un profundo y serio arrepentimiento. La idea de que una persona nace de nuevo por levantar la mano en el templo o pasar al altar es una falacia. Por eso muchos creyentes van cada domingo al altar a pedir lo mismo, a veces por años. Eso puede ser un comienzo, un primer paso, pero a menos que se ejecute el proceso completo, no hay un nacimiento a una nueva criatura. Y ese proceso lo dirige el Espíritu Santo, no un pastor que te dice que hoy naciste de nuevo porque pasaste al altar.
No es lo que uno diga o lo que otro cristiano diga de tu estatus espiritual, o lo que tu pastor diga de ti, sino lo que diga Dios:
Lucas 13:25-27
“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? 23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.
Dice en Juan 3:
“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”.
Todavía había iniquidad en mí y esto era un impedimento para continuar. Yo lo sabía. En una ocasión durante este proceso, mientras derramaba mi alma delante del Señor y le pedía que me mostrara qué entregar, Dios me dijo: tu eres hija de tu padre el diablo porque mientes. Él tenía razón, yo era muy buena mintiendo. El que sabe mentir no lo hace todo el tiempo, ni de forma exagerada que se note. Es sutil y aprende a usar sus mentiras para salir airoso de ciertas situaciones o ubicarse en un lugar de favor. Si el Señor no me lo hubiera señalado, yo no creo que jamás me hubiera percatado. Uno justifica sus mentiras porque las compara con las de los demás o con el objetivo que desea alcanzar con ellas y las mentiras son una gran ofensa a Dios porque denotan nuestra falta de fe. Son el atajo que queremos tomar para alcanzar lo que queremos. Pues cuando yo le dije al Señor que me limpiara de toda iniquidad y que me mostrara cómo El me veía, lo primero que me dijo fue eso. Además de eso, ya había muchas otras cosas para las cuales sabía que necesitaba liberación.
Entré en ese proceso con el Señor. Fue largo y Él me iba dirigiendo sobre qué decir y cómo orar. Cuánto tiempo insistir en un tema y cómo saber cuándo algo estaba hecho. Este proceso es una lucha espiritual para matar nuestra carne, para romper ataduras espirituales que operan en nosotros porque les hemos dado espacio y autoridad… y no quieren irse. Duele, cansa, pero vale la pena y es la única forma de acercarse a Dios. En humillación y arrepentimiento.
Dios hizo la obra en mí. Yo lo creí (ese es el ejercicio de la fe) y continué mi camino. Me hizo una nueva criatura que subsiste por el aliento del Espíritu de Dios. Mi mayor alegría es pensar que hago algo que haga a Dios sonreir. Él es mi primer y último pensamiento del día y busco no desagradarlo en nada. Cuando lo hago, cae sobre mi una carga grande y busco remediar en arrepentimiento lo que sea que afecte mi relación con Dios.
Entonces mi próximo paso fue leer la Biblia. Tapa a tapa. De Génesis a Apocalipsis. Cada palabra y cada coma. Sin prisa. Le pedí cada vez que por favor me hablara y me explicara lo que querían decir Sus palabras. Que por favor abriera su Palabra a mi espíritu. Que entretegiera sus palabras en mi espíritu y alma para que fueran una conmigo. El Señor no falló en comenzar a mostrarme quién era Él. Cómo me veía. Lo que le agrada y lo que no le agrada. Me tomó varios años leer la Biblia de esta forma porque me detuve el tiempo necesario en los lugares en donde no entendía algo o había dudas o tenía que buscar información adicional. Aparte de que seguia atendiendo mis labores diarias. Pero fue una experiencia increible. Ya no había vacío sino llenura. Conocí a Dios y jamás quiero estar lejos de Él.
A la vez continuaba sirviendo en la iglesia. El Señor me había llevado a una congregación luego de decirme que de ese momento en adelante, yo no me haría miembro de ninguna iglesia. Entendí que me tendría que ser suficiente el saber que estaba bien con Él. Ya no debía ser miembro oficial de una congregacion. Iba a servir, pero mi “standing” (mis credenciales) serían las del Espíritu. Si la congregación no aceptaba eso, pues esa sería su decisión. Así que un día me invitaron a cantar a una iglesia y posterior a eso el Señor me mostró en un sueño que su pastor me recibía junto con los ancianos de la iglesia con dos bolsas llenas de uvas enormes y jugosas en las manos. Del fruto de la vid. Así fue que supe que estaría allí y serviría mientras Dios dijera.
Allí el Señor me llamó a trabajar con la niñez y laboré en Escuelas Bíblicas, campamentos de verano y el coro de niños. Trabajando con la niñez fue que el Senor comenzó a mostrarme todas las cosas que se hacen en la iglesia que son contrarias a su Palabra, pues a la vez (y con los ojos nuevos que me había dado) yo estaba estudiando cuidadosamente las escrituras bajo la tutela del Espíritu Santo.
En las lecciones posteriores discutiré cada una de esas cosas con las referencias Bíblicas que indican la forma y manera en que Dios ha establecido que se hagan ciertas cosas vs. la forma y manera en que las iglesias las hacen y cómo esto molesta mucho al Señor y nos causa muchos problemas a nosotros.
Esta conversación constante del Espíritu Santo en relación a las cosas que veía y hacía vs. la forma en que Dios indica que se deben hacer, era algo que me estaba consumiendo. La primera razón era que yo estaba sufriendo de algo que se llama disonancia cognitiva (término que aprendí luego) y no sabía qué hacer con eso. Disonancia congnitiva es cuando tus ojos y sentidos ven y perciben algo que es real, pero se te dice que eso que estás viendo no es real y tienes que decidir a quién le crees: si a lo que estás viendo o experimentando, o a lo que te están diciendo. Usualmente vas a escoger creerle a la fuente en la cual tienes mayor confianza o has dado mayor peso e importancia.
Un ejemplo que hace un poco mas fácil de entender esto son los anuncios de televisión que muestran medicamentos innovadores para ciertas condiciones. Por ejemplo, ves un anuncio que tiene un hermoso paisaje con unos abuelitos corriendo con sus nietos y levantándolos en sus brazos, los ves felices en la playa disfrutando del sol y las olas etc… y mientras ves eso tan hermoso, escuchas una voz que dice: “El medicamento tal cual puede ayudarte en tu artritis y sus efectos secundarios son palpitaciones, sangrado nasal, puede causar parálisis facial y provocar la muerte. Consulta con tu doctor cómo el medicamento tal mas cual puede ayudarte”.
Sobre todo si ud tiene artritis y no puede echarse al hombro a su nuevo nieto, este anuncio va a causar disonancia congnitiva. Usted va a tapar u obviar las partes más importantes y peligrosas de ese mensaje porque el mensaje visual es totalmente contrario a la realidad.
Pues esto me estaba ocurriendo a mí. El Señor me mostraba claramente estas cosas, que para El son fundamentales (por eso están en Su Palabra) y yo comencé a tratar de remediarlas sin intervenir en la rutina denominacional porque en realidad sabía que era una pérdida de tiempo y además yo nunca he querido ser un ente controversial en medio de la iglesia. Como les comenté, siempre me propuse ser amable con mis hermanos de la fe y tratar de enteder sus puntos de vista. Sin embargo, la voz de Dios que se había despertado en mí y que yo había pedido que despertara hablaba muy alto y claro y Dios no se mostraba para nada complacido, sino muy molesto.
Yo comencé a dejar de hacer ciertas cosas en la iglesia porque sabía que a Dios no le agradaban. Traté de llevar al pastor situaciones sobre algunos temas en donde la palabra expresamente indicaba que las cosas se hicieran de una manera y las estabámos haciendo de otra. A veces vi que el pastor trató de hacer ajustes (era un hombre que amaba a Dios), pero yo notaba que esos cambios alteraban mucho a los líderes de la iglesia que no querían que les tocaran sus ritos y formaban toda clase de problemas.
De manera unilateral, opté por no participar (mi familia y yo) en aquellas cosas que Dios me había indicado que no le gustaban. Me dije: “yo me quedo haciendo lo mío” (que era ajustado a lo que Dios me mostraba) y simplemente no me rompo la cabeza con lo que el resto desee hacer. En eso, mi pastor se acogió al retiro. En los meses posteriores fueron aumentando mis preocupaciones en relación a todo lo que el Señor me mostraba vs. lo que vivía en la iglesia. Eran cosas que ya no podía dejar pasar o ignorar porque afectaban directamente mi persona, mis hijos y los niños con que trabajaba. Tener niños a cargo y enseñarles es una responsablidad demasiado seria, como hablaremos en lecciones posteriores en donde compartiré una palabra muy fuerte que Dios me dio relacionada a la niñez.
Por esta causa me encontré pasando mucho tiempo con mis hijos y la Biblia abierta explicándoles que lo que dijeron en la iglesia o lo que ellos vieron no estaba de acuerdo con la Biblia y el por qué. Lo hacía porque yo había hecho un comproiso con Dios de que iba a educar a mis hijos en Su verdad. Le había pedido a Dios que me abriera los ojos a Su verdad. Él lo estaba haciendo y ahora yo tenía que decidir a quién escuchar y seguir. Nunca me olvido que en una clase sobre Adan y Eva, la persona que le llevó la clase a la niñez, me dijo que ella en realidad no creía en la historia de la creación según lo narra Génesis. Cuando oraba, esta persona le llamaba a Dios “madre” cuando la Palabra enseña — Jesús enseñó que a Dios, cuando se le hablara, se le llamara Padre. Y Dios es tan celoso con ese nombre que la Palabra ordena que a nadie más se le llame Padre. En adición yo había hablado a ella y otros líderes sobre problemas serios de pecado entre personas a cargo de ministerios y no se hacía nada.
Esto me cargaba mucho por la principal razón de que yo amaba a cada una de esas personas y a mí congregación. A la vez, Dios me estaba hablando contundentemente y yo le había prometido fidelidad. Usé los medios que tuve por un largo tiempo y no pasaba nada. Entonces Dios me tuvo que sacar de la iglesia. No había forma de que yo escuchara todo lo que Él me quería decir allí porque, aunque mi voluntad estaba en agradarle, mi corazón estaba atado a mi vida de iglesia.

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